jueves, 30 de abril de 2015

Otra de ansiedad




4 de la madrugada. Se oyen ruidos extraños en casa y mi mujer, al darse la vuelta, comprueba que no estoy en la cama. Agarra con ambas manos el bate de béisbol con pinchos envenenados que guarda en su mesilla de noche y baja lentamente las escaleras. 

Y allí estoy yo, frente al ordenador con el cabello alborotado y el batín desabrochado. Ella prepara su arma y avanza lentamente apuntando a mi enorme cabeza (un blanco fácil) pensando que estoy chateando con otra de forma clandestina.

Pero cuando observa la escena baja el bate. La fotocopiadora escupe hojas de personaje a toda velocidad mientras yo, en un estado de nerviosismo desquiciado, las voy rellenando con un lapicito del Ikea que casi echa humo. Hay un gran vaso lleno de ese nauseabundo líquido llamado café a mi lado y mis manos tiemblan como hojas movidas por el viento.

-¿Qué coño haces a estas horas? ¿Ya estás liado con el rol?

Yo la miro con los ojos enrojecidos por el cansancio y la tensión y hago un esfuerzo por hablar con mi boca llena de una saliva tan densa como el cemento.

-Es que… Tengo partida el domingo y no podía dormir por la ansiedad que me produce el tener que prepararla.

Y así, lo que en mi cerebro suena lógico y normal, en el suyo parece tener el efecto contrario. Me mira con dureza, casi con desprecio y su cabello se agita a pesar de que no hay viento alguno que lo mueva. Vuelve a aferrar el bate con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos y lo levanta sobre su cabeza.

Cuando despierto estoy en la cama otra vez. Me duele la cabeza y no comprendo cómo ha podido subirme hasta ahí. Ella duerme plácidamente y me levanto a falta de cinco minutos de que suene el despertador. Antes de salir del cuarto me paro a admirar su belleza y me parece ver una sonrisa en sus labios. Abajo me espera el trabajo a medias para la partida del domingo. Me invade de nuevo la ansiedad cuando voy recordando lo que ha pasado. Debería continuar con ello, pero pienso que es mejor escribirlo en el blog para que el mundo sepa de mi agonía.


jueves, 23 de abril de 2015

La Leyenda de los Cinco Anillos (El juego de rol de los samuráis afeminados)





El primer contacto rolero que tuvimos con samuráis y el tema oriental fue, como no, con el Tierra de Ninjas de RuneQuest. Dirigí las dos partidas del libro y alguna más de cosecha propia y mis jugadores interpretaron a sus personajes como a guerreros fieles a su señor y con el código de bushido como guía, pero sin obsesionarse demasiado. Curiosamente, lo que más les costaba aceptar respecto a sus personajes era el típico peinado samurái de frente afeitada y coleta ridícula detrás.
-Pero… Master… ¿Es obligatorio llevar ese pelo?

-Sí. Es símbolo distintivo de estatus y cosas así.

-¿Y si me da por dejarme melena normal qué pasa?

-Pues pasa que es un deshonor y te haces ronin.

-Vale. Entonces quiero ser ronin. Y llevar un pelo normal.
El mejor espadachín de la historia.

Y así estábamos hasta que un buen día llegó un chaval más mayor que nosotros (tendría como 20 años el muy carcamal) con un nuevo juego bajo el brazo llamado “La leyenda de los cinco anillos” y que según él, era la rehostia pero había que jugarlo muy bien, ya que las costumbres y las tradiciones ancestrales eran lo más importante. Y a primera vista el juego nos fascinó. Era Japón, aunque se llamaba Rokugán y los samuráis pertenecían a distintos clanes cada uno con sus colorines, sus técnicas de combate y sus trasfondos y lo mejor de todo, podían peinarse como quisieran. Todo muy completo y vistoso y bonito. Y empezamos a jugar.

Y nada más comenzar, mi señor me hizo entrega de un regalo para cumplir mi misión: Una espada (katana, perdón, que hay que hablar con propiedad) que había pertenecido a la familia durante generaciones. Y fue tal que así.
Master: -Hijo mio, te hago entrega de la espada familiar para que los espíritus de nuestros ancestros te ayuden en tu misión.

Jugador: -Grácias, será un honor para mí el poder…

M: -¿Pero qué haces? ¿No sabes que hay que negar tres veces los regalos antes de aceptarlos? Es un deshonor cogerlo a la primera.

J: -Ehmm… Vale, vale, volvamos a empezar.

M: -Hijo mio, te hago entrega de la espada familiar para que los espíritus de nuestros ancestros te ayuden en tu misión.

J: -No. No merezco tal honor y responsabilidad.

M: -Insisto. Debes luchar con nuestra espada para dar gloria a la familia.

J: -No puedo aceptarla. Debería ser mi hermano mayor el que la empuñara, y no yo.

M: -Sabes que eres mejor espadachín que él. Aunque te duela, sabes que le superaste con creces en los entrenamientos.

J: -Ni volviendo a nacer un millar de veces podría llegar a honrar tanto a nuestros antepasados. No soy digno.

M: -Si no puedes honrarlos tú, significa que esta familia está condenada al deshonor y a la vergüenza.

J: -De acuerdo. Si así lo quiere mi destino, empuñaré la espada para mayor gloria y honor de nuestro nombre.
Pero bueno. Así fueron solo las primeras veces. Luego la cosa se volvió costumbre y para ahorrar tiempo y parafernalias se acabó convirtiendo en esto.
M: -Acepta este plato de arroz.

J: -No.

M: -Sí.

J: -No.

M: -Sí.

J: -No.

M: -Si.

J: -Vale.

Pero la cosa no quedaba aquí. A cada paso que dábamos nos encontrábamos con situaciones que nuestros personajes deberían poder hacer de forma automática pero que el director insistía en que interpretáramos a pesar de que nosotros, como personas occidentales modernas, no teníamos ni repajolera idea.
Master: -Os encontráis frente al gran daimio del clan erizo. Es un tío importantísimo y sus guardaespaldas están preparados para cortaros la cabeza ante cualquier mínima falta de respeto. ¿Qué hacéis?

J: -Me inclino ante él haciendo una reverencia.

M: -¿Hasta dónde te llega la cabeza?

J: -Hasta tocar el suelo.

M: -¿Y cómo tienes las manos?

J: -Apoyadas con las palmas en el suelo, que si no, no podré levantare después.

M: -¿Y tu katana?

J: -Enfundada, en mi obi*

*En este juego no se puede decir “cinturón”, ni “cinto” ni “faja”. Hay que decir obi o es un deshonor y una ofensa a la cultura japo… rokuganesa, perdón.

M: -¿Qué? ¿Te presentas ante un daimio con la espada a tu alcance?

J: -No, no, que va. La tengo en el suelo, a mi lado.

M: -¿A qué lado? ¿Izquierdo o derecho? ¿Y con el filo hacia dentro o hacia fuera?

J: -¡Y yo que mierdas voy a saber! ¡Yo he venido a jugar a esto por las gheishaaaaas!
Y claro. Tales situaciones acababan creando un desgaste y al final volvíamos a empuñar hachas y mazas para aplastar cabezas de orcos en los clásicos mundos de mazmorras y dragones.

Y aquí la típica espadachina rokuganesa.

Y ahora, a modo de conclusión, me gustaría decir que poco después de esto llegó a mis manos el libro de Miyamoto Musashi y comencé a interesarme por la cultura japonesa de la época y me tragué varias pelis de Kurosawa (hubo un año concreto en la historia de España en el que si decías que te gustaba Kurosawa follabas un montón) para descubrir que mis samuráis de RuneQuest se parecían bastante más a los originales que esos otros de melena al viento, lazos de seda y flores de cerezo cayendo a su alrededor. 

Y ahora los defensores me dirán que Rokugán no es Japón y que por ello pueden tomarse las licencias que les dé la gana, a lo que yo les responderé que lo que pasa en Rokugán es que están todos ama****nados.

miércoles, 15 de abril de 2015

Salón del Manga de Alicante: La espeluznante cronica



Este pasado fin de semana se celebró en Alicante el 5º salón del manga y cultura japonesa y como no, este bloguero inquieto estuvo allí (hablo en tercera persona pero me refiero a mi) para explicar sus impresiones.

Había estado con anterioridad en algún salón del cómic; concretamente uno, en Barcelona, hace como diez mil años; recuerdo colas interminables, mareas humanas, empujones y codazos, señores gordos con barba y expresión seria por todos lados… Así que pensaba que la experiencia anterior me prepararía para lo que vi, pero no. Para nada.

Aiiins
Lo primero que a uno le viene a la cabeza, incluso antes de entrar en el recinto, es que debería haber comprado acciones en tintes de pelo azul y orejas postizas; dos cosas que parecen estar a la orden del día. Pero una vez dentro, eso se convierte en una minucia. Gentes disfrazadas de sus personajes prevoritos (lo que viene a llamarse cosplay), peña con cartelitos de “regalo abrazos”, peinados imposibles (sí, azules, lo habéis adivinado) y muchas, muchas muchísimas armas de corcho. Pero vamos a lo importante, que me pierdo quitando el envoltorio.

El salón del manga consiste, básicamente, en una serie de “stands” donde diferentes tiendas exponen sus productos y que, curiosamente, apenas tienen comics propiamente dichos. Había manga, como no, incluso algo de juegos de rol no necesariamente relacionados con la temática (mucho vampiro, para que veáis de que pie cojean esas gentes), videojuegos y sobretodo… Pero sobretodo, sobretodo… Mucho merchandaising de ese. Camisetas, gorros, chapas, muñecos (qué de muñecos, señoras y señores) y todo tipo de gadgets que uno necesita ponerse si quiere que le señalen con el dedo por la calle y así llegar a ser alguien en la vida. Y ahora es cuando cojo aire, cierro los ojos y reflexiono.

El manga llegó a España a mediados de los noventa. Recuerdo perfectamente dónde estaba yo: En casa de un primo mayor que era muy aficionado a los tebeos y al que solía visitar en plan parásito. En esos tiempos en la vida tenías dos opciones: O te ibas a jugar a fútbol al descampado de atrás con tus amigos o te quedabas en casa leyendo tebeos de superhéroes. No había más. Y como yo odiaba el fútbol (sentimiento que he amplificado hasta día de hoy) leía tebeos, aunque realmente no me encantaban. Y mi primo, como decía, apareció un día con un fajo de tebeos que se había pedido por correo y que iban, según él, a revolucionar el mundo del cómic. Y vaya si lo hicieron. Recuerdo a Crying Freeman, un yakuza que lloraba al cargarse a sus víctimas (y salían tetas!), a Mai, la chica con poderes atormentada por ser diferente (y salían tetas!), a Kenshiro, el héroe postapocalíptico en busca de su amada (en éste no salían), y el tema me apasionó. No solo era un cómic diferente a todo lo existente hasta el momento, sino que era como más de mayores.
En esos tiempos, leer manga te volvía más serio y maduro que todos aquellos que seguían las aventuras de héroes de moral intachable metidos en mallas de colores. El manga era para otro tipo de personas. Personas que caminaban entre lo friki y lo culto. Otro tipo de personas que parecen haberse extinguido para dejar paso a la marea teñida de azul que regalan abrazos y comen esos horripilantes fideos deshidratados solo porque lo han visto en un tebeo.

Pero que nadie se equivoque por mi tono sarcástico y despreciativo. El salón en sí estuvo muy bien. Había conciertos y espectáculos de artes marciales japonesas, chuches para mi pequeña, videojuegos, puestos de comida (pasen y descubran lo malnutridos que están los japoneses) y al final salí de allí con una maravilloso Cthulhu de ganchillo en mis manos. Quizás no fuera el lugar ideal para ir con tranquilidad a conocer las novedades del manga en España pero que co**, eso es una vez en la vida (no pienso volver jamás) y merece la pena verlo. 

Ya ves si merece la pena


lunes, 6 de abril de 2015

El rol es lo secundario.





Llevo ya veinte años en esto del rol. Puede que un poco más. Veinte años en los que he jugado mucho, a muchos juegos distintos y con mucha gente diferente. Sería muy difícil de resumir ahora mismo. El tiempo tiene la característica de que no se percibe igual mirando hacia el pasado que hacia el futuro, pero a pesar de eso no sabría por dónde empezar. Lo que sí tengo claro es que estos últimos diez años, desde que me mudé, no han sido tan intensos, lógicamente, debido a esas cosas del matrimonio y los hijos. La vida cambia, las personas evolucionamos cual pokémon y nuestras prioridades cambian.

Pero este último año ha sido diferente. Hace casi un año decidí comenzar una pequeña campaña de Cthulhutech con un grupo de jugadores “nuevos”, y nada más empezar supe que había cometido un error. Mi disponibilidad para jugar era muy inferior a mis ganas de hacerlo y ello me causaba cierta frustración y desasosiego.  Además, soy de obsesión fácil y mi inquietud llegó más allá del juego y se centró en mis jugadores “¿Qué estarán haciendo ahora? ¿Acudirán a mi próxima llamada? ¿Me odiarán en secreto por algo que he hecho o dicho y ya no les volveré a ver el pelo?” Y tales pensamientos generaban malestar y el malestar ansiedad y todo ello derivó en una especie de tormenta emocional más propia de un adolescente atormentado por no pillar cacho que de un camionero peludo con media vida a sus espaldas.

Pero como dijo aquél, “nunca llueve eternamente” y la tormenta pasó. Hace un par de días terminamos la campaña y me sentí como si me quitaran una pesada losa de encima. Mis jugadores acudieron raudos cuando les convoqué; el juego discurrió con normalidad, y pude guardarlo de nuevo en la estantería con ese agradable pensamiento de “éste lo he jugado”. Y ahora, con la nueva perspectiva que me otorga el trabajo bien hecho, puedo concluir que sí ha merecido la pena. Bueno, y que soy un gilipollas también, pero me quedo con lo de que ha valido la pena. 

Y es que a veces, verse rodeado de gente con la que compartes algo es más importante que el juego en sí.

Y salirse por la tangente y hablar de otras cosas es más entretenido que seguir el hilo de la aventura.

Y reírse de cualquier tontería dicha o hecha es mejor que interpretar bien a tu personaje.

Y comer panchitos, generalmente, sabe mejor que tirar dados.

Y a veces el rol es lo secundario.

jueves, 2 de abril de 2015

Dungeoneer: Mazmorreo de la vieja escuela





El cómo y el porqué:
A estas alturas del blog ya sabréis que yo no soy un ser humano normal; no de esos que disponen de su tiempo y deciden cosas de su vida; no. Yo soy un padre. Padre de dos criaturas. Y mi vida no es mía. Es por ello que mis limitaciones a la hora de quedar con gentes para jugar han llegado a tal punto de frustración y dolor-que-perfora-el-alma, que me he visto obligado a buscar soluciones vergonzosas: Jugar sólo como un perro (un perro que está solo, se sobreentiende). Y fue así como, buscando por páginas de juegos, me di cuenta de que muchos de los juegos de cartas y tablero que pueblan las estanterías de juegos de rol (sí, habéis leído bien), disponen de una opción de ser jugados en solitario. Masturbación lúdica lo llamo yo.

Obsesionándose que es gerundiose:
Al día siguiente de hacer ese descubrimiento me desperté a las cinco de la mañana, convulsionándome  y empapado en sudor. Mi mujer me echó de la cama, por supuesto, y me senté frente al ordenador buscando un juego que se adaptara a mis necesidades. No importaba el precio ni la temática. Necesitaba jugar a algo. Pero tras unas horas de búsqueda en blogs y páginas especializadas, descubrí que ese “modo un jugador” anunciado en las páginas de las editoriales, no siempre era real, jugable o divertido. Entonces caí en un pozo oscuro e insondable de desesperación y angustia. ¿Acaso esa opción de jugar solo era solo un reclamo para aquellos que se encontraban en mi misma situación? ¿Podía ser que las grandes editoriales de juegos de mesa se estuvieran aprovechando de ese sector y engañaran a honrados padres de familia con promesas de diversión sin compromisos? Sí en muchos casos, pero había algunas excepciones. Al parecer, los grandes juegos de Edge basados en los mitos (Horror de Arkham, Horror de Eldritch, Símbolo arcano…) y algunos otros que ya no recuerdo, sí eran perfectamente jugables en solitario, y allí que fui. Pero como soy quien soy y nací bajo una alineación estelar muy rara que provocó una oleada de mala suerte sobre mi ser que me acompañaría toda mi vida, cuando llegué a mi librería favorita con un fajo de billetes asomando por el bolsillo de mi pantalón, esos juegos no los tenían.
Pero casualmente sí estaba allí el Dungeoneer, un juego de cartas del que había leído muy buenas críticas y que también disponía de un modo un jugador. Además valía solo 20 €uritos. Y me lo llevé a mi casa. Vaya si me lo llevé.

El unboxing (lo que viene a ser abrirlo y ver lo que lleva, vamos)
Cuando llegué a mi morada y abrí la caja me encontré con muchas cartitas. Normal, teniendo en cuenta que era un juego de cartas. Todas ellas muy bien ilustradas, con algún toque de humor y muy muy muy Dungeons&Dragons; tanto que los nombres de algunos bichos estaban ligeramente cambiados supongo que para evitarse problemas legales. Cabe destacar que el juego no incluye los dados ni los contadores necesarios para jugar (aunque esto no supone un gran problema) y que el manual de instrucciones es una especie de jeroglífico indescifrable que cuanto más se lo lee uno, menos entiende lo que pone. Y eso si es un problema. Por suerte, con una sencilla búsqueda en google podemos encontrar resúmenes de reglas, oficiales y no oficiales, videos etc… que nos enseñarán a jugar en un plis.

El playtesting (que viene a significar “el jugar”)
Fue pura potra, lo reconozco. Había quedado con un amigo para hablar de unas cosas, dio la casualidad de que nos quedamos solos en casa, era temprano, nos aburríamos, una cosa llevó a la otra… Y montamos una partida en un momento. Y para ser mi primera vez, debo decir que no estuvo nada mal.
El Dungeoneer funciona como un juego de tablero de los de toda la vida, estilo HeroQuest o Descent, pero que el tablero se monta aleatoriamente a base de cartas, los encuentros son cartas y los tesoros también. El objetivo es elegir a un personaje y subirlo hasta nivel 3 a base de cumplir misiones sin que se nos coman por el camino. Como curiosidad cabe destacar que no hay “master”, ya que en el turno de cada jugador está incluida la fase de héroe, en la que juega tal cual y la fase de dungeoneer en la que se encarga de los encuentros de su rival; de modo que en este juego somos masters y jugadores a la vez.
La experiencia de juego fue, como ya he dicho, más que satisfactoria. El juego es rápido, sencillo y divertido y te deja un saborcillo a “clásico” muy agradable, pero claro, yo me lo compré por lo que me lo compré, y ahí voy ahora.
 
Hace falta una mesa grande tirando a cama de matrimonio para jugar a esto.
Jugando solo
Jugar en modo one player siempre tiene un toque triste. No hablas y no te ríes a no ser que estés un poco chalado y al final te queda la sensación de que has hecho algo que está mal y que si sigues así te quedarás ciego y te saldrá pelo en las manos. Pero a pesar de eso la experiencia no es tan mala. Simplemente hay que sustituir la fase dungeoneer del rival por un “modo automático” en el que los encuentros se suceden de forma aleatoria en función del nivel de tu personaje y otros factores (que no voy a detallar que tampoco es cuestión de ponerse a explicar las reglas aquí) de modo que seamos capaces de ir explorando la mazmorra por nuestra cuenta y riesgo. Y no está nada mal, hay que reconocerlo. Quizás no para jugarlo a diario pero más que correcto para matar posibles ratos muertos en soledad sin recurrir a páginas de dudosa moral católica en internet.

Otras cosillas
Además de la cajita que yo tengo, que se llama “La tumba del lord liche”, hay otra con el nombre de “La guarida de los demonios” y varias más que nunca fueron traducidas al español de las cuales poseo un par y que además de representar otros entornos menos “dungeoneros” tales como bosque y ciudad, poseen la agradable característica de poder ser jugados individualmente o complementando otras cajas, de modo que nos brinda la oportunidad de combinar mazos como nos salga de la po… para aumentar la rejugabilidad del juego hasta lo extasiante.

Y como conclusión
El Dungeoneer es un buen juego. No voy a decir que es la rehostia ni que es mejor que ese o el otro, pero no cabe duda de que merece la pena, ya sea jugando solo o acompañado, con una sola cajita o combinando varias; y que su simplicidad nos va a permitir modificar las reglas para adaptarlas a nuestros gustos y ganar así muchas horas más de diversión. En el lado negativo… Las reglas confusas que incluye la caja, la falta de contadores o dados, el hecho de que los personajes haya que recortarlos de una de las cartas (no es que pase nada, pero da mucha pena cortar una carta) y que una vez colocadas en fundas, no nos quepan en ningún sitio, pero vamos, eso son minucias comparadas con el placer de explorar túneles, sortear trampas, matar bichos, equiparse objetos mágicos y subir niveles.