martes, 27 de junio de 2023

El atávico del rol

 


Ya no suelo acercarme por tiendas frikis. Mi situación económica ha empeorado de forma dramática estos últimos meses y solo pasar por delante de escaparates con objetos que me puedan parecer atractivos hace que me tenga que cubrir la cara y correr lanzando silbidos cual vampiro sorprendido por el amanecer. Pero a veces, sea por casualidad o por melancolía, me coloco una camiseta de Goku y me atrevo a recorrer esos pasillos llenos de tebeos y figuritas fingiendo que soy una persona normal que no come todos los días arroz hervido y sanwiches de pan bimbo con mortadela.

Y fue en una de esas escapadas clandestinas cuando hallándome absorto en mis ensoñaciones recordando tiempos mejores en los que todas esas cosas estaban a mi alcance, oí una conversación que despertó mis sentidos. Una chica joven, de poco más de veinte años y el pelo de colorines estaba preguntándole al dueño de la tienda, que era un señor mayor, casi de mi edad, por un buen juego de rol con el que iniciarse. Ambos miraban sendas cajas de inicio de Dragones y mazmorras sin poder distinguir las diferencias entre ellas, hasta que el pobre hombre le indicó que él de eso de rol no tenía demasiada idea, que lo suyo son los cómics y que no podría ayudarla. Y yo no podía creerlo. Esa pobre muchacha estaba buscando un guia rolero en ese mismo instante y lugar en el que yo me hallaba. No creo en el destino, ni en la suerte ni en los hados, pero estaba claro que desde algún lugar más allá de nuestra comprensión, Gary Gygax y Greg Stafford están tirando los dados que guían nuestros pasos.

¿Has dicho rol? Quizás yo pueda ayudarte” le dije con voz grave y ella al girarse y encontrarse con mi imponente a la par que decrépita figura se vio iluminada como los orcos esos a los que Gandalf les tira el conjuro de luz. Entonces le pasé un brazo por encima de los hombros, así sin tocarla para no perder mi condición de ser místico e inalcanzable y la aparté hasta un rincón, donde analicé las dos cajas y le expliqué qué podía encontrar y como utilizar los recursos de cada una. Y mientras hablaba, con calma, firmeza y seguridad, apenas me daba cuenta de que ella me observaba con cierta devoción, como el fiel que de pronto ha encontrado a su pastor, y así mi experiencia añeja se convirtió en el credo a predicar y por un momento me dejé llevar por esa pasión que creía perdida, convirtiéndome en un ancestro, en aquél que ya jugaba a eso antes de que los padres de esa chica se conocieran siquiera, en alguien que estuvo ahí cuando las montañas emergieron del océano, cuando los dados todavía no tenían colorcitos bonitos, de cuando peregrinábamos a la copistería del pueblo a sacar las fichas de personaje y nos enterábamos de las novedades cuando ya llevaban un año publicadas.

Y entonces admiré su juventud y belleza y supe que el testigo había pasado de mis arrugadas y temblorosas manos a las suyas, y me dio las gracias algo emocionada y tuvimos que separarnos. Y ahora debo reconocer que mientras la veía alejarse me sentí tentado de pedirle el enlace a alguna de sus redes sociales, para saber como le iría, por si volvía a necesitar mi ayuda, o simplemente por no perder el contacto de una forma tan repentina como había empezado. Pero no lo hice, pues me había convertido en un antiguo, un símbolo representando una época imposible de repetir. Y cuando ya estuvo lejos la vi girarse un instante para saludarme y quedarse con esa última imagen de mi. Para recordar esa vez que se encontró con el atávico del rol.