viernes, 18 de octubre de 2019

Los fantasmas del rol (parte 2 de 4, seguramente)


Cae la noche. Subo a acostarme y me pongo el pijama completo, lo que me da un poco de calor y por ello no me tapo. Me quedo mirando a la puerta a ver si aparece el segundo fantasma pero parece que tarda. ¿Y si lo de anoche hubiese sido un sueño? ¿Y si lo hubiese flipado todo? Pero al mismo tiempo fue tan real... Miro el reloj y faltan diez minutos para las doce. Si a y cinco no ha aparecido, me duermo y que le den. Pero aparece, vaya si aparece, justo a las doce como un ninja melenudo se planta ante mi el segundo fantasma. No cambia demasiado respecto al primero a excepción de la espalda algo más ancha, las facciones más cuadradas y que lleva una barba algo descuidada.
-Hola -me dice-. Soy el fantasma del rol del pasado, pero no tanto.
-¿Como que "del pasado pero no tanto"? -le pregunto algo sorprendido-. ¿No deberías ser el del presente?
-No porque eres tan viejo que necesitas dos del pasado para poder ocuparnos de todas las etapas.
-Pues yo creo que habiendo puesto uno así sobre los veintipocos años habría sido...
-Mira, no he venido a discutir esto. No sabes todo el papeleo que hay que montar para esto de las apariciones como para que tu vengas ahora a opinar sobre algo que no sabes. Venga, dame la mano que te llevaré a un sito guay.

Y así al tocarle damos un salto, no tan lejano en el espaciotiempo como el anterior, pero igualmente sorprendente y mágico. Al aterrizar nos encontramos en una especie de oficinas llenas de mesas con ordenadores algo viejunos, posters de viajes y otras cosas desconcertantes. Pero reconozco el lugar. Es el antiguo casal de la juventud del pueblo donde actualmente resido. No hay ni dios porque presumo que es fin de semana, pero al fondo hay una sala anexa donde solíamos quedar. Está iluminada así que me acerco y miro en el interior. Allí está mi yo barbudo y melenudo sentado a la mesa dirigiendo una campaña de RuneQuest a Esteban, Ángel, Marcos y Manolo. Automáticamente comparo la escena con la vista la noche anterior y veo las diferencias. Detecto algo de tensión en mis movimientos y palabras. Gente nueva que está muy lejos de la complicidad que tenía con mis viejos amigos, la responsabilidad de dirigir algo que les guste, la incertidumbre de si querrán quedar otro día...

-¿Qué te parece? -me pregunta el fantasma del pasado pero no tanto.
-Esto ya no era lo mismo, pero...
-¿Pero qué?
-Quizás no disfruté de estas partidas por el miedo a no encajar.
-¿Hicieron ellos algo para que no encajaras?
-No. Al contrario. Me aceptaron como a uno más del grupo desde el primer día.
-¿Entonces quién saboteó tu diversión?
-Supongo que yo mismo, al preocuparme por cosas más allá de la simple y llana diversión. Por primera vez en mi vida me preocupaba por utilizar bien las reglas, por crear partidas con cierta coherencia lógica, por...

Miro al fantasma con tristeza y me doy la vuelta para salir de allí. Fueron buenos tiempos sin duda, conocí a gente a los que sigo llamando amigos hoy en día, pero no dejé que las cosas fluyeran por miedo, o añoranza, o simple cabezonería.

-Llévame a casa -le digo al fantasma-. Quiero dormir un poco.
Y sin decir palabra me pone una mano en el hombro y aparezco de nuevo en mi habitación. Tenía sueño antes pero ahora no puedo dormirme.


En la próxima entrada... ¡Aparece otro fantasma del rol! ¿Pero cual?

domingo, 29 de septiembre de 2019

Los fantasmas del rol (parte 1 de 4, creo)


Ya llega el fresquito y con él mi época favorito del año. El otoño para muchos es triste, húmedo y sucio; pero yo lo veo como una época de renovación donde todas las cosas comienzan a morir para renacer más tarde o más temprano. En otoño el aire es fresco, el canto de los pájaros (los que nos quedan) más nítido y las lluvias limpian el aire y la tierra de desperdicios varios.
Otoño, como decía. Las jornadas laborales no me dejan tan agotado y puedo permitirme ir a la cama un poco más tarde. Me acuesto casi a medianoche y me tapo la cabeza con las mantitas, que empiezan a hacer falta, cuando noto algo extraño. Me siento observado, como si alguien hubiese entrado en mi habitación y estuviera en silencio, mirandome. La sensación no desaparece así que saco la cabeza y entonces le veo. Justo a los pies de la cama una presencia preternatural que flota a un palmo del suelo con la forma de un joven delgado, vestido de negro y con los largos cabellos moviéndose en el aire, ingrávidos. Estoy a punto de asustarme cuando me mira y habla.

-No te asustes -me dice.
-¿Quien eres tu? Si quieres dinero, no tengo. Y si vienes a por mi alma, tampoco.
-¿No me reconoces, gilipuertas? Soy tú, hace veintipico años.
Entonces me fijo en su aspecto, esas greñas tan bien hidratadas, la delgadez, la expresión impasible en su imberbe rostro...
-¿Y qué haces aquí? -le pregunto desconcertado.
-Soy tu fantasma del rol del pasado -me responde tan tranquilo.
-¿Fantasma del rol? ¿Eso es como los fantasmas de navidad de Dickens pero en..?
-En rol -termina mi frase.
-¿Y qué quieres de mi? ¿He hecho algo mal? ¿Estoy siendo un mal rolero y por eso me queréis hacer reflexionar?
-Algo así, pero no tan serio -me explica-. Es más bien que eres un poco tonto y parece que no te das cuenta de algunas cosas.
-No entiendo...
-Por supuesto que no. Dame la mano y lo verás.
Y entonces me levanto, le doy la mano a la aparición y juntos nos desplazamos a velocidades supersónicas a través del espacio y el tiempo cruzando ríos, montañas, ciudades, años y lustros como si nada. Llego un poco mareado pero al recuperar la compostura miro sorprendido a mi alrededor.

Me encuentro junto a mi fantasma del rol pasado en un garaje de techo bajo junto a un coche plateado. Hay una mesa de ping pong plegada, varios artilugios de electricista y una puerta que conduce al piso de arriba. Reconozco el lugar pues es donde nos reuníamos los viejos amigos para jugar; nuestro santuario durante los primeros seis o siete años de juego. Oigo voces en la esquina más lejana y al asomarme nos veo, en una mesa montada junto a una batería, Joan, Lluis, Marcos, Rafa, Cristian, Ferran y yo, riendo, tirando dados y comiendo galletas. La escena trae tantos recuerdos a mi cabeza que me quedo aturdido, casi emocionado. Los buenos tiempos del rol ante mis ojos, tan real…

-¿Qué te parece? -me dice el fantasma.
-Bueno... Fueron buenos momentos. Jugábamos mal, no entendíamos demasiado las reglas de los juegos ni sabíamos estructurar aventuras ni campañas, pero nos divertíamos muchísimo.
-¿Entonces tienes claro que lo importante aquí es la diversión?
-Por supuesto. Siempre lo he tenido claro. Oye... ¿No nos pueden ver ni oír, no?
-No.

Entonces me acerco y me asomo tras la pantalla del AD&D donde Joan esconde algunos mapas de los Reinos Olvidados y anotaciones totalmente indescifrables. Siempre le dijimos que no necesitaba esconder sus notas pues tenía tan mala letra que era imposible adivinar nada. Después paso por detrás de mi yo anterior y los otros jugadores y me fijo en los dibujitos de las hojas de personaje, las virutas de las gomas de borrar, los dados escasos y gastados... Sin duda eran buenos tiempos.

-¿Puedo tocarles? -le pregunto al fantasma.
-¿Y para qué quieres tocarles? Mira que eres raro -me responde-. Anda, dame la mano que nos vamos.
-¿Ya? Vamos a esperar un poco que creo recordar que ahora venía un combate épico contra unos drow y...
Pero el fantasma parece tener poca paciencia, me agarra por las orejas y en un plisplas me planta de nuevo en mi cuarto, en la actualidad.
-Espero que pienses en lo que has visto -me dice muy serio-. Mañana vendrá otro fantasma y te dará otra lección.
-Lo suponía. He visto la peli de "Los fantasmas atacan al jefe".
-Lo digo porque te pongas los pantalones del pijama para dormir, que se me hace raro eso de ir con un señor cuarentón en calzoncillos por ahí.
Y dicho esto desaparece, me vuelvo a acostar y trato de dormir, sin lograr apartar de mi cabeza tan bellos recuerdos.

En la próxima entrada... ¡Aparece otro fantasma del rol! ¿Pero cual?

miércoles, 14 de agosto de 2019

De wargames y pérdidas de dirección vital


Que el Warhammer es una afición cara lo sabe todo el mundo y que el que no quiera polvo no vaya a la era también, así que aquí no pasa nada y se ha acabado esta entrada. ¿No? Pues no, porque hoy quiero hablar de la KV1 Stormsurge, una  de las miniaturas (por decir algo) más gordópilas y llamativas del Imperio T'au, que son mis bichito favoritos y disertar un poco sobre su utilidad y necesidad en el campo de batalla. Pero antes, un poco de retrospección introspectiva.
Dicen que hace muuuchos años el Warhammer era un juego muy distinto al de hoy en día (como debe de ser) y se jugaba con gran cantidad de infantería y uno o dos muñecos grandes, como dragones o gigantes en el Fantasía y tanques o vehículos de transporte en el 40K. Se dice que en esos tiempos la gente llevaba sus ejércitos metidos en un único maletín y no ocupando el maletero entero de una furgoneta y que poner en mesa una miniatura de peana grande era motivo de asombro y alborozo. Pero eso cambió. Las miniaturas grandes (ogros) se fueron popularizando, los jugadores demandándolas y las buenas gentes de Games Workshop les ofrecieron lo que querían. Cada vez se veían más bicharracos y menos morralla en las mesas hasta el punto que cuando yo comencé a coleccionar mi ejército Tau, aunque lo elegí precisamente por los bellos soldaditos de infantería, la gente ya prácticamente ni los usaba; en las listas de torneo se jugaban los mínimos para ser legales (hay un mínimo para que el ejército sea jugable en torneos) y todo lo demás se rellenada con armaduras crisis, apocalipsis, y tanques. Y así el universo estuvo en equilibrio hasta que llegó ella. La preciosa XV104 Cataclismo.
La preciosa XV104 era la madre de las armaduras de combate. Con un diseño estilizado y elegante, armamento letal y complementos fashion-destructores como un escudo de energía y torretas de misiles inteligentes. Y aunque no era muy amigo de las miniaturas grandes (ya lo he dicho arriba) me gasté los casi sesenta euros que pedían por ella. Solo tocó la mesa de juego una vez, pero no me arrepiento. Disfruté como un mostali montándola, pintándola, incluso imanté las armas opcionales para poder jugar con unas u otras según el rival en mesa. Una experiencia más cercana al modelismo de toda la vida que a los wargames, pero que sin duda me valió la pena. Lo que yo no sabía era que los profesionales del warhammer, esos que siempre piden más, los que juegan para ganar y no por la diversión estaban demandando más. La Riptide se les quedaba pequeña y la llegada de la Ghostkeel en la siguiente edición no les llenó el alma, por lo que los señores de GW contraatacaron con la armadura de combate definitiva, la que dejaría a mi riptide como un juguetito inútil: La KV1 Stormsurge. Ya, ya sé que la había nombrado arriba.
La Stormsurge es algo parecido a una armadura de combate, pero no. Es más bien una torre de armamento con patas que dispara a todas las distancias en todas las cadencias y con potencia de fuego a elegir. No tiene brazos porque no los necesita y la cabeza es tan pequeña que casi arece un adorno. En su conjunto me recuerda a Petra, la amiga de Cobi (joder, la mascota de los juegos olímpicos de Barcelona 92, que todo hay que explicárselo a los jóvenes) que era a su vez mascota de los paralímpicos. La Stormsurge no necesita elegancia ni diseño pues en la guerra no hay necesidad más que de causar muerte y destrucción por lo que donde se pongan dos buenos lanzamisiles que se quite todo lo demás. La Stormsurge es, a día de hoy, el feo martillo justiciero de las mesas de juego. Pero ahora yo me pregunto… ¿Es que ya no quedan románticos en el warhammer? ¿De verdad a la gente le da igual poner en mesa a semejante mamotreto con tal de llevarse la victoria? ¿Estamos perdiendo el norte y vendiéndonos al mejor postor con tal de ganar? Porque la Stormsurge vale algo más de cien euros, cantidad con la que prácticamente podemos empezar otro ejército con un starter de los gordos. ¿De verdad compensa, warhammeros? Miraos al espejo y decidme lo que veis. ¿Es ese señor gordo en lo que soñabais convertiros cuando erais niños?
Y ahora cogeos de las manos (de las propias porque supongo que estáis solos en la vida) y decid en voz alta “Lo importante es la diversión. Las risas son mejores que los puntos de victoria. Me compré la Stormsurge porque estoy alienado. Necesito hacer más ejercicio y ver menos porno. Nadie me quiere no por gordo si no por pedante”. Y ahora coged todas vuestras miniaturas grandes y feas, metedlas en un barquito y lanzadas al mar envueltas en llamas. Redimíos. Volved a la vieja senda del warhammer guay. Sed felices el tiempo que os queda en este mundo, porque somos efímeros pero nuestro recuerdo puede ser persistente si nos lo proponemos.

viernes, 2 de agosto de 2019

Personajes mediocres: Gilby Clarke


Gilby Clarke creció siendo un chaval aficionado a la guitarra que un buen día, sin comerlo ni beberlo debido a que hasta el momento sólo había participado en proyectos menores, se vio metido en una d e las bandas más grandes de la década de los noventa: Guns N’ Roses.
Por aquél entonces los Guns se vieron sumidos en la compleja grabación de su doble álbum “Use your illusion” y a las puertas de una mastodóntica gira con varios problemas en el seno del grupo, el bueno de Izzy Stradlin, guitarrista rítmico de la banda, decidió largarse sin decir ni adiós. Como solución in extremis contrataron a Clarke para sustituirle y allí estaba él, aprendiéndose el repertorio para encarar la gira.
Por lo visto aquello fue una locura de drogas, sexo y desmadre a la que Gilby se sumió como uno más de la banda, aunque no todo el mundo lo vio así. El guitarrista tuvo que afirmar en una entrevista que le tocaba los wyverns cada vez que un fan se dirigía a él como “Izzy” y que a la hora de firmar autógrafos era el último, al igual que pasaba con las chicas que metían en los camerinos. Pero a pesar de vivir a la sombra del anterior guitarrista, Gilby estaba contento pues tenía un contrato que le convertiría en el guitarra de los Guns N’ Roses para el siguiente disco, donde podría componer algún tema y afianzar así su posición en la banda. Pero eso nunca pasó.
Después de la extensa gira, la banda se tomó un descanso que algunos de sus miembros aprovecharía para grabar discos en solitario. Duff sacó el personal “Believe in Me” y Slash el bluesero “It’s five o’clock somewhere”, contando ambos con la colaboración de Gilby en las guitarras. Después llegó el turno a la banda madre que decidió, en lugar de sacar un disco con temas propios, hacer un disco de versiones. Parecía que la huella de Gilby en la banda debería esperar un poco más… Hasta que al año siguiente debutó en solitario.
“Pawnshop guitars” se llamaba el disco que Gilby sacó en 1994 y que contaba, además de con un puñado de buenos temas de rock ligero, con la colaboración de Axl Rose (vocalista y líder de los Guns N’Roses) que hasta el momento se había negado a colaborar con ninguno de sus compañeros e incluso había rechazado solicitudes de colaboración con grandes del mundillo como Alice Cooper. Tanto la prensa especializada como los seguidores de la banda interpretaron ese acto como un lazo estrecho entre ambos y vaticinaron un futuro prometedor para Gilby como miembro de Guns N’Roses. Nada más lejos de la realidad. Ese mismo año Axl Rose lo expulsó de la banda sin una explicación aparente.
El pobre Gilby Clarke se vio de pronto en la calle, con una carrera en solitario que no acababa de funcionar y con una fama que se desintegraba a cada día que pasaba como espuma bajo el sol. Pero como buen músico siguió trabajando. Sacó varios discos en solitario, colaboró con algunas bandas en incluso estuvo metido en el proyecto de supergrupo “Rock star supernova” pero ni con esas. Al final Gilby Clarke ha quedado para la historia como un músico secundario a pesar de su talento, como el eterno sustituto, el que tuvo un golpe de suerte y ganó más dinero que cualquier músico de estudio pero al final nada, todo igual que siempre. Es por eso que lo meto en el saco de personajes mediocres. Larga vida a Gilby Clarke.

viernes, 12 de julio de 2019

De gurús y teorías roleras.

Cuando comencé a jugar a rol, en esa época en la que el mar todavía estaba libre de plásticos, los montes cubiertos de verde y grandes reptiles sobrevolaban el… Bueno, ya me entendéis. Recuerdo que eran tiempos confusos en los que esto de los juegos de rol no era más que una afición rara y minoritaria, los distintos grupos totalmente cerrados y por supuesto, no había ni rastro de internet, ni sus foros, ni sus redes sociales ni blogs o youtubes.

Nuestro grupo rolero (club de rol, como antes se les llamaba) estaba en una zona de la geografía algo complicada pues eramos de un pueblo pequeño donde no podíamos acceder a todo el material que había en el mercado (que no era ni mucho menos tanto como en la actualidad) ni relacionarnos con otros jugadores por la combinación de hermetismo y aislamiento. Quizás al imaginar la situación hoy en día y más si me lee alguien que ronde la treintena (o menos incluso) le parezca un horror, pero no era así para nada. Eramos un grupo de cuatro amigos que se divertían tirando dados alrededor de una mesa sin entender muy bien el concepto de juego de rol, ni el de interpretación, ni el de inclusión social, pero teniendo clarísimo que allí lo importante era la diversión. Diversión y nada más. ¿Y a donde quiero llegar con esta entrada? Pues al punto en el que para algunos, parece ser que los juegos de rol deben ser jugados “bien” y con su buena voluntad ofrecen sus conocimientos a los jóvenes y recién llegados, convirtiendo esta bella afición en algo más serio y logrando, algunas veces, cargarse ese elemento divertido del que no nos deberíamos olvidar. Estoy hablando de los gurús de la teoría rolera. Aquellos expertos en la materia que algunas veces estarían más guapos (incluso) callados.

Me permito volver a mis años púberes de nuevo para un último ejemplo. Jugábamos a rol de una forma libre y eso hoy en día podría traducirse en que jugábamos “mal”. Con 14 o 15 años y sin un referente para enseñarnos como se jugaba a eso malinterpretábamos muchas reglas y nos pasábamos por el forro muchas otras. Eso de interpretar no acabábamos de pillarlo y los trasfondos de personajes se parecían más a relatos que algunos escribíamos de forma voluntaria que a verdaderos conectores con otros pjs o a la ambientación de la campaña. Nuestras partidas se parecían más a gincanas (o como se llame eso) en las que había que pasar por varios puntos resolviendo varios conflictos, que a tramas mínimamente elaboradas y fue a base de jugar, jugar y jugar, exprimirnos mucho el coco para crear algo interesante, conocer a algunos jugadores de fuera y leer otros manuales que fuimos entendiendo lentamente que había otra forma de jugar. ¿Mejor? ¿Peor? Eso no nos importaba mientras siguiera siendo divertido.

Hoy en día, bien entrado el siglo XXI las cosas son muy distintas. Los juegos de rol tienen su pequeño espacio en la red de redes (este blog es un ejemplo de que cualquier mindundis puede escribir sobre ello) y como no podía ser de otra manera han aparecido expertos en el tema que cargados de voluntad y buen hacer, dedican su tiempo de forma desinteresada a explicar a los nuevos jugadores e interesados en el tema en general, como aprender a jugar de forma fácil, rápida y “correcta”. Por supuesto que sí, amigos, hay una forma “correcta” de jugar a rol y para ello se ha creado desde hace unos años hacia aquí la llamada “teoría rolera”. Y ahora que ya llevo media hora escribiendo, voy a entrar por fin en el tema de hoy.

La “teoría rolera”, a partir de ahora la “puta teoría rolera de mierda” o PTDM es una herramienta muy útil para hacer creer a la gente que empieza en esto que hay unas normas a seguir, una forma de jugar “bien” y una serie de trucos secretos que nuestros líderes roleros conocen y nos transmiten para que nuestras partidas, ya seamos directores o jugadores sean únicas y perfectas… aunque ello se logre en detrimento de la diversión, que debería ser la única norma. La PTDM, en mi opinión, no es más que una forma de vanagloriarse y de ver sus “likes” y por lo tanto sus egos aumentados por parte de aquellos que creen que los juegos de rol son algo más serio, profesional y cuadriculado de lo que en realidad son.
Y me da puta pena pensar que hay chavales y chavalas por ahí queriendo jugar a rol y que en lugar de invertir su tiempo simplemente jugando, ven horas y horas de consejos, ideas, normas y videos de gentes jugando para “aprender” cuando se les olvida que esto no es un deporte, que no hay nada competitivo en el rol (y ese es el motivo por el que yo llevo tantos años jugando) y que cuanto más aprendes a hacerlo “bien” más presión has de soportar sobre tus hombros y por lo tanto menos divertido se torna.

Me da puta pena leer crónicas sobre jornadas donde nuevos directores de juego se enfrentaban a grupos de jugadores dispares, muchas veces sin relación alguna con ellos y después se debatían en la duda de si lo habían hecho “bien” o si éstos estarían decepcionados con la partida, dejando de lado si hubieron risas, interés o si simplemente pasaron un rato entretenido.
Me da más puta pena aún pensar que hay gente que prepara y dirige partidas con gran esfuerzo y después no es capaz de disfrutarlas porque “que esto salga bien es labor del director de juego y si no sale igual que en los videos de youtube lo he hecho mal”, como si el director no tuviese derecho a pasarse las reglas del manual por el forro y simplemente disfrutar como un jugador más.

Y me da la superputa pena pensar que por culpa de los grandes consejos de la puta teoría rolera de mierda, personas que ponen todas sus ganas en una partida, que esta salga estupendamente y sean felicitados por sus jugadores, sustituyan la satisfacción del trabajo bien hecho por la frustración de no haber hecho bien sus deberes y se exijan más y más cuando muchas veces en estos juegos que lo único que cuenta es divertirse, menos sea más. Ahora y en el pleistoceno.

Y así, con esta pequeña descarga de ideas que tenía en la cabeza y no me dejaba dormir, solo me queda decir que menos teorías, menos youtubes y menos sabios y más jugar, bien o mal, pero siempre divirtiéndose. Buenas noches cocodrilos.