martes, 14 de mayo de 2019

El Warhammer y yo: Fantasía VS Age of Sigmar

El día de mi nacimiento fue difícil para muchas personas ya que debido a un problema con mi cordón umbilical, lo que debía ser un parto "fácil" se convirtió en una pesadilla que a punto estuvo de costarnos la vida a mi madre y a mi. Por suerte, la rápida y profesional actuación del doctor de guardia ese día logró que terminara de la mejor forma posible. Ese médico, que vivía en mi pueblo y solíamos encontrárnoslo de vez en cuando, se convirtió en el héroe de la familia y gozó de nuestro respeto y profunda admiración durante muchos años. Hoy en día, en cambio, se ha convertido en un señor muy mayor que se mueve en una silla de ruedas empujada por una cuidadora y es posible que ni siquiera recuerde al verme, a ese niño a quien salvó la vida.
Pues bien, si me diesen a elegir entre pegarle a ese doctor o jugar una del Warhammer Fantasía, le daría de ostias a ese viejo impedido.

Y es que el más famoso de los juegos de estrategia es un batiburrillo de reglas absurdas, tiradas innecesarias y movimientos imposibles que hace que incluso algo tan soporífero e insoportable como el ajedrez, parezca un juego de verdad. Cuando jugué al Fantasía me encontré con los mismos problemas que en el 40K en cuanto a reglas pero añadiéndole los terribles movimientos pivotantes, la horrorosa colocación de las escuadras, las pesadillescas maniobras al toparse con una piedra en el camino y tener que esquivarla... Eso por no contar con los flanqueos, las redirecciones, los modificadores al chequear la moral, los rebotes de las balas de cañón, las dispersiones de las explosiones... Ese juego juntaba lo malo de los juegos de estrategia y lo peor de los juegos de azar. Me pareció sinceramente un despropósito y la única razón por la que podía imaginar que hubiese triunfado en su día era precisamente la falta de competencia... Hasta el momento.

Kings of War, Warthrone, Hordes, Confrontation y un creciente número de juegos similares en estética pero mucho más sencillos y económicos asomaban tímidamente sus cabecitas y aunque ninguno llegaba a derribar al grande, sí erosionaban lentamente el pilar en el que se sustentaba. Y aunque yo reconozco que jugué más de una partida, que las miniaturas eran geniales (sigo pintándolas hoy en día) y que cualquier juego puede ser divertido si ambos jugadores se proponen que así lo sea, sin duda no se situaba entre mis favoritos, y al parecer yo no era el único decepcionado con él, ya que en una hábil estrategia comercial la gente de Games Workshop anunciaron el fin de su buque insignia con algo que llamaron "El fin de los tiempos" y que resultaría ser un punto de inflexión hacia un nuevo juego llamado "Age of Sigmar: Batallas en spanglish".

Una hábil estrategia de la compañía líder en muñecotes hizo que tras presentar un primer borrador de reglas tan simples que podrían jugar tranquilamente una partida dos loros, la mayoría de jugadores veteranos quemaran sus miniaturas, las vendieran a cuatro duros y en general, renegaran de Games Workshop y el Warhammer. Tal desbandada provocó que apareciera una segunda edición, esta vez bien hecha, con unas reglas sencillas pero completas y multitud de opciones de juego, de modo que podían contentar tanto a veteranos como a los loros. Nuevas miniaturas, facciones y cajas a precios asequibles, libros de misiones, campañas y listas de ejércitos estéticamente preciosos. Los que habían quemado sus miniaturas corrieron a comprar nuevas para volver a comenzar, la competencia que creían haber derrotado al gigante del sector se volvió a meter en su cueva y los niños y niñas del mundo volvieron a respirar aliviados. ¿Pero por qué todo este follón? Yo os lo explico.

Efectivamente el Warhammer Fantasía había quedado desfasado. Juegos de escaramuzas como el Infinity iban lentamente ganando adeptos y las ventas de Games Workshop en EUA se limitaban al W40K y dentro de éste un 50% era para los marines espaciales. ¿Qué hacer? Lógicamente crear un juego de escaramuzas de corte fantástico, conservar los diseños antiguaos de miniaturas y como no, meter marines espaciales con espadas y escudos.

Así nació Warhammer Age of Sigmar, de las cenizas de un mundo arrasado por el caos y la muerte en el que los dioses habían enviado a la tierra a sus protopaladines, los Stormcast Eternals, para reequilibrar la balanza en favor de la ley. Estos guerreros de élite, como no, llevan hombreras chulas, armaduras desproporcionadas y tienen cabecitas minúsculas. ¡Justo lo que todos queríamos! Y es por ello que ahora seguimos aquí, jugando a lo mismo pero distinto y en mi opinión, mejor.


Y hasta aquí dejo estas bellas entregas sobre el Warhammer y yo. Habrá más en el futuro porque actualmente estoy pintando y tratando de jugar ocasionalmente, así que estén atentos a este blog (pero no mucho porque últimamente estoy un poco disperso y escribo menos) y no olvidéis jugar, a lo que sea, pero a poder ser al RuneQuest. Tercera edición.

martes, 23 de abril de 2019

El warhammer y yo: Estrenando mi ejército


Foto de archivo
Tal y como comenté en la entrada anterior (de esta serie) , no me resultó difícil encontrar a alguien con quien jugar a Warhammer y en cuanto tuve ocasión quedé para probar el juego. Tenía pocas miniaturas, así que la partida no iba a ser una batalla en toda regla sino una pequeña escaramuza, pero me serviría para hacerme una idea de como funcionaba eso. Y vaya si me hice una idea. Aunque no fue demasiado positiva.

Jugamos a la sexta edición de las reglas de W40K (el futurista) y aunque el juego estaba repleto de palabras rimbombantes y molonas (que si blasters de fusión, cuchillas aceradas y retropropulsores), el conjunto de reglas no me parecían cómodas. Llamadme fanático de los sistemas simples, pero ese juego tenía algunas cosas muy enrevesadas para tratarse de una sexta edición. 

Mientras que el mecanismo general era francamente simple (mover, disparar y asaltar), las mecánicas concretas para ello eran bastante incómodas. En el turno de disparo, por ejemplo había que tirar por acertar el tiro (consultando una tabla), luego comparar la fuerza del arma con la resistencia del blanco (otra tabla) y luego el factor de penetración con la armadura. Eso se traducía en que cada andanada de disparos se quedaba en nada pero se perdía una gran cantidad de tiempo. Lo mismo para el combate cuerpo a cuerpo (o peor) y además de eso teníamos infinidad de reglas especiales, modificadores y contradicciones por todas partes. El juego me gustó a pesar de todo, pero me dejó con la sensación de que no estaba diseñado para ser divertido si no para competir y pelearse (dentro y fuera del campo de batalla) con el rival.

Comencé a visitar foros warhammeros para orientarme sobre qué miniaturas comprar para aumentar mi ejército o estrategias que seguir y descubrí que allí nadie se preocupaba por el trasfondo o la estética. La gente jugaba listas absurdas, repitiendo mil veces la misma miniatura y dejando fuera otras que aunque bonitas, no rendían en los torneos. Mi sensación de que allí nadie jugaba para divertirse se acrecentó y de no ser porque yo jugaba con un amigo y no nos poníamos serios, habría abandonado el juego inmediatamente.

Pero seguimos jugando y decidí comenzar un segundo ejército de Warhammer Fantasía ya que me gustaba muchísimo la estética, aunque me advirtieron que el juego era todavía más complejo que el del 40k. ¿Mis conclusiones? Tendréis que esperar a la siguiente entrada.

martes, 2 de abril de 2019

El fin de una era (Google+)







Pues así, con esta cara de giler, despido la red social que mejor me ha hecho sentir en todos estos años de vagar por internet.
Sé que merecía mucho más, pero me consta que hay otros por ahí haciéndolo bien.


jueves, 28 de marzo de 2019

El Warhammer y yo: El primer batallón


En el año 2009, justo cuando abrí este blog, hallábame yo en espera del nacimiento de mi pequeña (ahora mi mayor) y entre todas mis ilusiones e incertidumbres estaba la idea de que a partir de ese momento lo tendría muy complicado para jugar a rol. Había llegado el momento de buscar otra afición, pero me resistía a abandonar el mundo del frikismo, por lo que pensé que era hora de meterme de cabeza en el mundo de la pintura de miniaturas. 

En primer lugar me proporcionaría horas de entretenimiento solitario con el que rellenar mis escasos huecos libres; también me daría la oportunidad de crear un ejército, ya que era una espinita clavada desde hacía años; y por último, al ser el Warhammer cosa de dos, me facilitaría el jugar si alguna vez coincidía con alguien con la misma afición. Y así sucedió.

El primer dilema fue si Fantasía o 40K, clasico o futurista, retro o modernillo… Realmente me gustaban más las miniaturas del Fantasía, pero también sabía que tener 40K me facilitaría el poder jugar algún día, ya que en esos momentos era el favorito por todos. Decidido por el juego futurista estuve revisando los distintos ejércitos. Descarté marines espaciales en todos sus capítulos y formas porque nunca me ha gustado esa estética tan exagerada y entre las razas llamadas “xenos” me decanté por Necrones o Tau, ya que me parecían más sencillos de pintar y estéticamente más coherentes con un universo de futuro hipertecnológico.

Y así, buscando por los procelosos mares digitales me topé con un señor que vendía una caja de batallón Tau a un precio muy reducido (casi la mitad que en tiendas) y con eso, un par de pinceles y cuatro botes de pintura comencé mi apasionante aventura maravillosa. Sí, he exagerado un poco.
Con eso, iba a decir, descubrí que pintar es algo complejo cuando se tiene el pulso de un chimpancé asmático, pero divertido a pesar de todo; y descubrí también que cuando te plantas en un lugar aleatorio del planeta tierra y dices la frase “me he comprado Warhammer 40K” aparece gente hasta debajo de las piedras buscando a alguien con quien jugar. Y jugué, claro que sí. Aunque desgraciadamente mis impresiones acerca del juego en sí no fueran las más afortunadas.

Detalles en la proxima entrada.

Mis primeros pequeñines.

miércoles, 20 de marzo de 2019

El Warhammer y yo: Primeras partidas

Cuando ya contaba con más de un cuarto de siglo a mis espaldas me mudé, dejando atrás todas mis rutinas y costumbres para adquirir otras nuevas. Y como pretendía que los juegos de rol siguieran formando parte de mi vida, busqué por mi nueva localidad y me topé con un cartel que anunciaba un torneo de Warhammer Fantasía organizado por un club de rol local. El Warhammer no me interesaba pero la palabra “rol” se iluminó ante mis ojos, por lo que llamé al teléfono indicado y me puse en contacto con Mr. E, a quien quizás conoceréis de viejas entradas warhammeras.
En esos momentos ingresé como miembro de pleno derecho en el club y conocí a personas con las que sigo teniendo contacto en el mundo lúdico hoy en día. El caso es que había un torneo de Warhammer en ciernes y se habían apuntado un número impar de personas, con lo que necesitaban a un pardill… a un voluntario para rellenar el hueco. Me ofrecí (por eso de probar nuevas experiencias) y me dejaron un ejército completo de Hombres Lagarto (ahora Seraphon) para crear una lista con los puntos adecuados y jugar. Reconozco que fue divertido crear la lista, pero cuando llegó el momento del torneo ya no me lo pasé tan bien.

*

Había mucha gente. Eso no me gustaba. Y era un ambiente muy competitivo. No recuerdo cual era el premio para el ganador, pero sin duda la gente iba a ganar. Recuerdo encontrarme con una situación muy alejada de lo que es una partida de rol al uso. Gente muy seria, llamadas al árbitro porque “mira éste qué ha hecho creo que no es legal”, decepciones y enfados de los perdedores, tensión… Incluso recuerdo las burlas a un jugador que hizo una mala jugada y condenó la batalla para su ejército de Khemri. Fueron cuatro partidas de dos horas cada una que se convirtieron en un día largo y confuso. Al final me dieron el premio honorífico a la deportividad (supongo que por no protestar) y lo guardo con cariño en mi estantería de premios. Que solo está ese, por cierto.

Después de eso seguí viendo a la gente jugar, descubrí que había otro Warhammer futurista (el 40K) y también que fuera del torneo las partidas eran algo más relajadas e interesantes. Allí comencé a sentir curiosidad y me dejaron un manual con fotos de los distintos ejércitos; me interesé por el de Hombres Bestia (ahora Bestias del Chaos) por su parecido con los broo del RuneQuest, pero alguien me comentó que esos bichos no valían mucho encima de la mesa. Estuve dándole vueltas un tiempo pero al final desistí y me quedé con mis bellos juegos de rol… Hasta que llegó el día C. Pero de esto hablaré en mi siguiente entrada.



*Esta imágen no es del torneo citado en la entrada (que fotos las había pero nunca llegaron a mis manos) si no de otro celebrado en Girona. Lo pongo porque tengo cierto parecido con el de la camiseta naranja, pero no.