domingo, 24 de enero de 2021

Despiezando ejércitos: Mercenarios kroot

 

No se puede jugar a warhammer sin un ejército. Eso lo sabe hasta un niño en el vientre materno. Y es por ello que elegir facción es una decisión trascendente y que determinará nuestra forma de coleccionar, pintar y jugar para el resto de nuestras vidas mortales. Pero mientras que cuando uno busca el juego competitivo, ganar torneos y regocijarse en las lágrimas de sus adversarios humillados, debe antes informarse sobre cuales son los mejores ejércitos, los más duros, afilados y galardonados del universo (eso es marines espaciales, básicamente), aquellos que buscamos el juego distendido y fugaz nos debemos centrar simplemente en el elemento estético, porque ganemos o no ganemos, vamos a jugar con los que más nos molan.

Diez años atrás elegí a los simpáticos tau (ahora t’au y a partir de este momento en este blog tau otra vez), unos alienígenas endebles y azulitos que dominaban una tecnología superior a la par que estéticamente menos sobrecargada que la de sus rivales galácticos. Los tau me parecieron bonitos, limpios, con un trasfondo atractivo y sobretodo acordes con un universo futurista. Y además tenían a los kroot, unos salvajes aliados que daban un contrapunto sucio y bárbaro a sus ordenadas filas de tiradores de élite.

Mientras que los tau seguían órdenes de los etéreos, sus líderes espirituales y vestían blancas armaduras de combate de tamaños desde lo personal a lo mazinguer, los kroot se lanzaban en tromba contra sus enemigos, armados con rifles de chispa y taparrabos, dando un aspecto visualmente muy atractivo al ejército.

Y así fue durante los años en los que jugué partidas ocasionales, centrándome en los tau pero sin olvidar nunca a los kroot que me encandilaron en su momento… Hasta ahora. Ahora el juego narrativo y como no, la predisposición de mi nuevo compañero de mesa a jugar de forma relajada me ha llevado a darle un cambio a mis tropas. Hasta ese momento los kroot habían sido las tropas prescindibles del ejército, los guerreros de apoyo, pero a partir de ese momento tomarían las riendas para convertirse en las estrellas de la función.

Un ejército casi enteramente formado por kroot está fraguándose y en futuras entradas iré desgranando unidad a unidad a esas bellas bestezuelas.


 

sábado, 16 de enero de 2021

Indomitus, la madre de todas las cajas.

 


Todas las ediciones de Warhammer han ido acompañadas por suculentas cajas de inicio consistentes en dos batallones rivales así como todas las herramientas necesarias para empezar a jugar (dados, reglas, algunas veces escenografía…) enfocadas a enganchar a dos amigos para que empiecen a darse de tortas de la forma más rápida y fácil posible. Eso ha sido siempre así y lo seguirá siendo, al igual que esas cajas pasan a convertirse en poco tiempo en piezas de coleccionista muy codiciadas y buscadas, sobretodo por sus miniaturas exclusivas.

Y como no, esta última novena edición nos trajo la fastuosa caja Indomitus, que contenía dos ejércitos a mil puntos cada uno (marines espaciales y necrones), el reglamento del juego y varias chucherías más por unos cien euros, que viene siendo una cuarta parte del contenido de la caja en tiendas. Además, se anunció que se trataba de una edición limitada, numerada y por lo tanto había que correr para hacerse con una. Las “indomitus” se agotaron en prepedidos y las que llegaron a tiendas desaparecieron a la velocidad del rayo. Muchos se echaban las manos a la cabeza ante el miedo a quedarse sin su ejemplar y poco a poco la verdad comenzó a dejarse ver por el horizonte de páginas de reventa y segunda mano. Y esa verdad son y serán siempre los especuladores.

Decenas de incomprendidos habían decidido comprar masivamente las nuevas cajas warjameras con la intención de acapararlas y venderlas luego a precios elevados para multiplicar el dinero invertido y hacerse así un poco ricos para poder gastárselo en más warhammer. Los aficionados que ya tenían las manos en la cabeza animaron a los que no a imitarles. Las cajas de indomitus habían sido secuestradas vilmente y ahora no les quedaría más remedio que pagar los elevados rescates para no quedarse sin ellas, a no ser que…

Cuando todo parecía perdido apareció Games Workshop, con botas altas y capa al viento, para anunciar que bueno, al final eso de la edición limitada y numerada y tal que era una broma, que tenían chorrocientas cajas de indomitus más para vender a precio normal y que nadie iba a quedarse sin su copia. Todos cantaron felices mientras arrojaban sus billetes de cien a la empresa salvadora mientras los especuladores, algunos de los cuales se habían dejado cientos y cientos (incluso miles, me consta) de euros en cajas para revender, se veían obligados a deshacerse de ellas a precios iguales o inferiores al que les había costado.

Hay quien dice que fue una estrategia planeada por nuestros amigos de GW que cansados de tanta especulación habían decidido darles un guantazo a los opresores de ebay. Otros aseguran que todo fue fruto de la casualidad, ya que viendo que la cosa superaba sus expectativas sacaron más copias a toda prisa y al final se solapó con lo vendido anteriormente. Y yo, si queréis saber mi opinión, digo que no se trata más que de un plan comercial para vender un porrón de cajas (la primera oleada a los especuladores que ahora se pueden comer las minis con patatas, si quieren, que por algo ya las han pagado; y la segunda a los seguidores del juego normales) y darse un baño en una piscina de billetes a lo Tío Gilito.

En cualquier caso y fuera como fuere, la caja Indomitus ha supuesto un excelente punto de partida para muchos nuevos jugadores, otros viejos que querían ver sus miniaturas renovadas y otros, como yo, que solo hemos tenido que ir a buscar a alguno de esos especuladores tristes y amargados para sacarle unos cuantos muñequitos a precios de risa.

Je, jeje, jejeje.

sábado, 9 de enero de 2021

Ha llegado la novena edición.

 


El Warhammer 40k mola. Mola a pesar de sus reglas algo vetustas, a pesar de sus políticas comerciales a veces absurdas, de los precios elevados de algunas de sus productos y mola incluso, a pesar de tener los jugadores más cuadriculados del universo.

Cuando me asomé a este hobby hace justo diez años estando el juego en su quinta edición, todo el mundo con el que hablaba me decían que el juego estaba tocado de muerte porque la cuarta era mucho mejor. Cuando salió la sexta anunciaron un éxodo masivo a otros juegos como el Infinity o el Kings Of War para su versión de fantasía y cuando volví a meterme en octava edición la gente se puso a quemar sus miniaturas porque “ahora sí que sí, se han cargado el juego”. Pero ahí sigue el juego y ahí siguen la mayoría de sus jugadores ahora que está funcionando desde hace unos meses la novena edición, quejándose, como no, pero también dejándose la pasta y su precioso tiempo en el juego. Que por algo será, digo yo. Y para no dejaros así, voy a resumir muy mucho qué es esto del Warhammer 40k y ver los cambios así a grosso modo entre algunas de sus ediciones.


Todo esto comenzó a principios de los años ochenta con el juego de miniaturas Warhammer fantasy Battle, que permitía a sus jugadores hacerse con un puñado de miniaturas de plomo (todo el mundo dice plomo pero en realidad se trata de una aleación de estaño a la que llaman “metal blanco”) para zurrarse entre sí. Era un juego simple pero vistoso que aunaba los fantásticos combates épicos con la pintura y el modelismo. El juego gozó de gran éxito, así que Games Workshop decidió ampliarlo con más de lo mismo unos años después y sacar otro similar pero ambientado en un futuro hostil y oscuro donde la humanidad se daba de tortas con aliens y herejes varios.


En esos primeros años la cosa estaba enfocada en el juego entre colegas, a partidas cortas y ejércitos más bien pequeños, pero la gente no tardó en organizarse y disputar torneos, al principio a nivel local y más tarde englobando grandes competiciones que por supuesto llamaron la atención de los creadores del juego. A medida que sacaban nuevas ediciones para pulir las reglas, aparecían los códices o “codex” de cada facción para ampliar todavía más las reglas, evitar la superioridad de algunas facciones y en definitiva, reglar ese juego competitivo que se había impuesto sobre las partidas entre colegas.


Cuando yo llegué al mundo de Warhammer 40k allá por su quinta edición, la cosa daba un poco de asco. En los foros de internet se discutía sobre qué ejército era el mejor en cada momento, se afilaban las listas para explotar al máximo las posibilidades de cada facción, las mesas de juego lucían feísimas con algunas unidades repetidas hasta el máximo y otras carentes de presencia. Incluso en mesas de torneos locales era necesaria la figura de un árbitro que pudiera resolver las disputas entre jugadores que interpretaran esas reglas de formas distintas. Eran los tiempos de malas caras, “faqs” y ejércitos enormes repetidos hasta la saciedad.

En la sexta edición, para colmo se permitió crear alianzas, es decir meter batallones de otros ejércitos para ampliar la variedad, comprar más miniaturas aún no siendo de las tuyas y en definitiva, rizar el rizo hasta lo inrrizable. Esa fue quizás la época más comercial del hobby de la que me mantuve al margen gracias a que jugaba con un amigo en su casa, lejos de mesas de alta competición.


La cosa cambió radicalmente en la octava edición. Supongo que los de Games Workshop se dieron cuenta de que el juego había entrado en un terreno tan competitivo que estaba prácticamente cerrado a nuevos jugadores, y que sus viejos y gruñones compradores corrían el riesgo de marcharse a otros juegos más atractivos y novedosos, así que hicieron borrón y cuenta nueva. De pronto apareció una edición que hacía hincapié en el juego distendido entre amigos, a jugar con menos miniaturas y con unas reglas muy sintetizadas y reducidas. Eso enfureció a todo el sector “profesional” que comenzaron a deshacerse de sus miniaturas y a soltar bilis por todos los poros de su piel, pero también abrió las puertas a nuevos jugadores que se asomaban tímidamente a ver qué pasaba ahí. Y las gallinas que salen por las que entran, Warhammer 40K (y su hermano mayor Warhammer Fantasy ahora convertido en Age of Sigmar, que esa es otra) se vio rejuvenecido sin que ello afectara a sus ventas de un modo negativo.


Después llegó el Conquest, los fascículos de Salvat que metieron a más gente aún en el hobby y cuando todos estábamos (me incluyo) emocionados de nuevo, nos sacaron la novena edición.

La novena trae cambios en las reglas, como no, pero incluye algo muy llamativo. ¿Queréis jugar torneos afilados y calculados al milímetro para que vuestros ejércitos den el máximo asco posible y humillen a los de vuestros rivales? No hay problema, aquí tenéis el juego competitivo. ¿Queréis un juego distendido que tenga en cuenta el trasfondo para jugar pequeñas batallas con vuestras miniaturas favoritas? Leeros las reglas de juego narrativo. Warhammer para todos los gustos, ya masticado y casi digerido para que nadie se queje.


Y así estamos ahora, con un juego para cada tipo de jugador, reglado y “oficializado” para que nadie se queje, para que nadie pueda decir que “es que a ti te lo ponen más fácil” o “a mi me gustaba más antes”. Ahora, en mi opinión que a pesar de los años, la experiencia y la sabiduría, sigue siendo tan despreciable y vacía (o más) de lo habitual, tenemos un juego plural, simple, que no requiere un desembolso económico demasiado grande (con un starter set vamos que chutamos) y que si buscamos diversión, sencillez y además queremos probar eso de los pinceles, nadie va a poder decirnos nada porque ahora las reglas aman a todo el mundo por igual.


 

viernes, 1 de enero de 2021

 


Debo reconocer que me ha resultado mucho más complicado volver que marcharme.

Anuncié el cierre, o mejor dicho la pausa indefinida de este blog con cierto alivio, supongo que debido al hastío que llevaba arrastrando desde hacía ya demasiado tiempo con mis fútiles intentos de mantener viva mi vida lúdica, especialmente en lo referente a juegos de rol. Es por ello que cuando pensé en seguir escribiendo aquí, algo en mi interior, esa vocecita cabrona que todos tenemos, me susurraba al oído eso de “callate, estate quieto que la vas a cagar”, pero tras mucho meditarlo, aquí estoy otra vez. Y por si queda alguien dispuesto a seguir leyéndome, voy a explicar el porqué.

Di el portazo, es cierto. Cansado de pelear por reunir a cuatro personas en la mesa, frustrarme en jornadas roleras y hartarme de sobornar a amigos con promesas de panchitos y fantas de naranjas, decidí alejarme de este mundillo, relegarlo a un cajón y centrarme en otras cosas. Fueron días de cambios al margen de todo esto. Vino el virus, cambié de trabajo, confinamientos, búsquedas de uno mismo en el oscuro y maloliente interior del alma y en medio de todo eso comencé a colaborar en un programa de televisión local hablando de literatura, escribiendo en mi tiempo libre y disfrutando de ese regalo de los dioses que son mis hijas cuando se portan bien, porque cuando no, me subiría a un avión y me estrellaría en los andes para comerme a mis compañeros de vuelo. Pero a lo que iba, que me despisto.

Di el portazo al blog y entre otras cosas me puse a vender algunos excedentes frikis de mi estantería tales como juegos de rol, de mesa y miniaturas del warhammer y fue entonces, estando sentado tranquilamente en el váter mirando el wallapop cuando sucedió el milagro. El vecino de atrás me habló. De pronto apareció un mensaje bajo el anuncio que había puesto para vender unos marines espaciales del conquest diciéndome “Hola, soy tu vecino de atrás. ¿Juegas a Warhammer?” Y así era. Ese tipo al que saludaba con un leve movimiento de cabeza por el simple hecho de vivir a escasos metros el uno del otro de pronto resultaba ser un aficionado a ese bello juego de miniaturas que tantas horas de juego me había dado en el pasado. ¿Y como podía ser que después de quince años de convivencia casi puerta con puerta no supiéramos nada el uno del otro? Pues supongo que por no exteriorizar nuestras aficiones. Igual si yo hubiese tenido un felpudo en mi puerta con el mensaje “Bienvenido aquél que siga al bien supremo” o él una bandera con el águila bicéfala del imperio en su tejado, todo habría sido más sencillo, pero no.

Como no, quedamos, hablamos y descubrimos que teníamos una visión del juego bastante similar, alejada de los sectores puramente competitivos y así llegamos a un acuerdo y comenzamos una campaña narrativa que lleva ya unos meses en marcha y pinta mejor a cada partida jugada. Como no, he vuelto a pintar, a comprar miniaturas y a reorganizar mi ejército que me está gustando más que nunca. Y es por ello que he decidido dejar constancia de todo esto en una serie de entradas que os podrán interesar o no, pero que me apetece escribirlas para empezar el año con algo más que buenos deseos y falsas esperanzas.

Saludos a todos y nos vamos leyendo.