sábado, 17 de agosto de 2013

Discos que me salen: Jar of Flies



Jar Of Flies, que significa algo así como “Tarro de moscas” y que en inglés suena igual que “Tarro de mentiras” (Jar of lies), era el tercer disco de la banda estadounidense Alice in Chains. Era la época grunge y todo el mundo andaba maravillado con Nirvana y su Nevermind, Pearl Jam y Soundgarden. Todo el mundo menos yo, que seguía anclado en el Hard Rock y descubriendo el Metal más clásico. Recuerdo que en esa época podías oír en cualquier sitio canciones como “Once”, “Black Hole Sun”, “Would” o la omnipresente hasta día de hoy “Smells like teen Spirit”, y en todos esos momentos yo mostraba orgulloso mi indiferencia, causando la indignación de rockerillos amateur que lucían pelos un poco largos y camisas de cuadros.

Pero este Jar Of Flies fue diferente. Puede que fuera uno de esos discos que escuchándolo en el momento preciso, te marcan para siempre, convirtiéndose en la banda sonora de una etapa de tu vida. En mi caso fueron unos años de mi adolescencia que ahora recuerdo como una temporada lluviosa, gris y a cámara lenta con la voz de Layne Staley susurrando eso de “…I’d feel better dead”.

Puede que el disco (que en realidad era un EP) no fuera para tanto. Puede que los años lo hayan mitificado. Y puede que, como dijo una amiga, solo sea el trabajo de “un yonki muriéndose” (Staley murió unos años después). Pero a mí me gusta escucharlo a veces, en las tardes lluviosas, y con eso me basta.

sábado, 10 de agosto de 2013

Infinity: Probando, probando...



Las primeras miniaturas han llegado ya, y a pesar de no estar terminadas de pintar, hemos decidido probar el juego empleando para ello la magnífica y superespectacular escenografía hecha a mano por mi amigo (y rival, claro), Esteban. Apenas hemos jugado tres partidas de prueba pero nos han servido para hacernos una idea del funcionamiento del juego a grandes rasgos. Resumiendo podríamos decir que el Infinity es un juego rápido, táctico y variado.

Rápido porque con apenas una decena de miniaturas sobre la mesa, los combates se resuelven en menos de una hora (al contrario que en juegos de ejércitos que duran horas y horas). Táctico porque al jugar con tan pocas minis, nos vemos obligados a moverlas de forma cuidadosa para no perderlas demasiado rápido. Y variado porque cada figurilla es única en cuanto a habilidades especiales y ello hace que con una mínima variación, nuestra forma de jugar varíe notablemente.

Y como no, la escenografía. Esa ciudad modular intercambiable que nos permite jugar cada vez en un escenario distinto si apenas sudar como gorrinos para moverla. Pero como una imagen vale más que mil palabras, os dejo unas fotos para que disfrutéis y por qué no decirlo, sintáis un poco de envidia. Sana, pero envidia al fin y al cabo.




Esconderse bien es algo imprescindible para no ser abatido con facilidad. 



Mis preciosos monstruitos del espacio, acechando en las esquinas.




El asesino especulas, medio mimetizado en tia buena, ataca por la espalda a un Sargento de la Orden.



Las tropas de Panoceania, casi al completo, descienden de un tejado empecinados en cazar a los aliens.



Mis bichos, algunos de ellos en forma de marcador de camuflaje.




La escenografía al completo.




Otra vez la escenografía, aunque montada de otra manera.




Un soldadito oculto observa horripilantizado la carnicería en las calles.





Un pobre alien sale a saludar a los humanos y éstos le reciben a tiros.

jueves, 8 de agosto de 2013

Mataskavens: Otro librillo de Warhammer





La inercia de mi primera lectura “warhammeriana” me llevó a este segundo libro de la saga de Goten y Trunks… digo, Gotrek y Félix, que en esta ocasión se enfrentaban nada más y nada menos que a los skaven, raza de rátidos mutantes que son casualmente el ejército que yo juego en el juego de muñeq…miniaturas, perdón.
A diferencia de su predecesor, la acción de esta novela es continua (es decir, que no se trata de capítulos independientes autoconclusivos pterodáctilos) y nuestros héroes deberán enfrentarse a las distintas amenazas perpetradas por los secuaces del Vidente Gris Tanquol, señor skaven a cargo del clan que pretende hacerse con la ciudad de Nuln para dominarla completamente. Y precisamente en ese tal Tanquol y sus subaleternos es donde encontramos el punto fuerte del libro ya que en él se destripan las psicología, forma de vida y sociedad skaven y el resultado es una raza que se mueve entre lo hilarante y lo terrorífico. Resumiento y a muy grandes rasgos, los skaven serían unos seres superinteligentes capaces de asimilar cualquier tipo de mágia, tecnología, ciencia o habilidades humanas y mejorarlas hasta convertirlas en algo letal; De este modo tenemos skaven ninja, skaven capces de manejar armas avanzadísimas y otros capaces de crear monstruos terribles o propagar enfermedades letales pero cuyo enorme poder, queda sepultado bajo una aplastante capa de  sospechas, paranoias, traiciones y puñaladas por la espalda que hacen que todo fracase una y otra vez.
Y mientras tanto los dos héroes van dando tumbos tratando de detener una amenaza subterránea que quizás pueda acabar con toda la ciudad sin ser del todo conscientes que puede que esa amenaza se autodestruya aún sin su actuación.
Recomendación final: Leedlo. Leedlo y ya veréis que todo lo que he dicho es verdad.

martes, 6 de agosto de 2013

Mediocridad es encontrar, tras mucho esfuerzo, una espada matagigantes oculta en la más profunda guarida, y no volver a encontrar un gigante en tu puta vida.

jueves, 1 de agosto de 2013

Los Guardianes de la Galaxia (la seriecilla)



A veces me vienen a la cabeza cosas sin saber por qué y me invade la angustiosa sensación de que si no escribo sobre ellas, moriré. No sé si mis sospechas serán ciertas o no, pero por si acaso, no me cuesta nada dedicarle unas líneas a una de mis series favoritas de cuando era crio: Los Guardianes de la galaxia.



Serían principios de los años noventa cuando emitían esta serie en un canal autonómico (no recuerdo si Canal9 o TV3) en uno de esos maratones dibujiles que echaban los fines de semana por las mañanas. Podría dedicársele una entrada entera a tal acto de crueldad con los niños, que nos veíamos obligados a pasar horas (literalmente) delante de la tele esperando nuestra serie favorita y tragándonos necesariamente las malas, y mucho, que las había. Y a veces te sorprendían con Cadillacs y Dinosaurios, algún capítulo tragable de Mask o la infravalorada a pesar de lo sobrevalorado Dragonball. Pero una de mis favis era la de Los Guardianes de la Galaxia, conocida fuera de este país como los “Galaxy Rangers”.

 Es curioso como en mi inocencia e ignorancia podía ver fantasía medieval o una space opera sin inmutarme, sin hacer distinciones ni posicionarme por un estilo u otro; simplemente una serie me gustaba o no y punto. Me pregunto si habré perdido esta capacidad de pensamiento neutral con los años o si simplemente la he sustituido por un criterio adulto que me permite distinguir, valorar y elegir según otros factores como la originalidad o la calidad  de aspectos independientes de la misma. Quizás tendría que volver a ver la serie para formarme una opinión actual antes de comentarla en el blog, pero entonces corro el peligro de morir de forma extraña.



La cuestión es que finalmente tiré hacia lo fantástico-medieval, influido más por los videojuegos que por los dibujos y creo que, de no haber sido así y haber seguido viendo a esos Guardianes de la Galaxia, mi afición posterior por los juegos de rol quizás hubiese sido modificada en pos del Star Wars, Traveller u otros juegos más espaciales en lugar del Dungeons o el RuneQuest. Total, que se me está acabando el folio y todavía no he hablado de la serie y ya noto un extraño latido en la barriga, síntoma inequívoco de que mi cuerpo está a punto de implosionar (o de que tengo hambre porque ya es la hora de cenar) a no ser que hable de lo que venía a hablar. Ahí va.

Los Guardianes de la Galaxia eran cuatro tíos, uno rubio, otro negro, una tía y otro normal que tenían cada uno un poder que activaban tocándose la chapa de ranger del pecho. Y entonces iban por planetas ayudando a los necesitados, todo muy en plan oeste americano.
Misión cumplida. Ya me encuentro mejor.